Horas y horas sin ver la luz del sol dentro de las aulas, dormir hasta muy tarde porque se acuestan a altas horas de la noche, etc. Los adolescentes sufren cada vez más problemas de insomnio, una alteración del sueño que puede llegar a males mayores y que trae de cabeza a padres y especialistas.
Pero ahora un estudio publicado en la revista Neuroendocrinology Letters desvela uno de los motivos por el que los jóvenes aguantan hasta altas horas de la noche sin sueño: la luz del día. Sí, como lo leen, la falta de exposición a esta luz es la razón del retraso del sueño en la adolescencia, ya que sin ella se produce un retraso en la segregación de la melatonina, la hormona que indica al cuerpo cuándo es de noche.
El ritmo circadiano del cuerpo se modifica en la pubertad, lo que provoca que el adolescente se duerma más tarde y se levante también más tarde por las mañanas. Sin embargo, y gracias a un ensayo realizado por investigadores del Programa en Iluminación del Instituto Politécnico del Centro de Investigación Rensselaer, en Berlín (Alemania), se ha podido constatar que la falta de exposición diaria a la luz contribuye a este retraso en el inicio del sueño.
El estudio ha consistido en lo siguiente: once estudiantes utilizaron durante cinco días unas gafas especiales que evitaban la longitud de onda corta (luz azul). Acto seguido, los autores recopilaron la información sobre el sueño de los participantes: constataron que llevar las gafas les retrasó 30 minutos el inicio del sueño, es decir, cada día se retrasó seis minutos la aparición de melatonina.
La siesta, preciado tesoro
Además se ha presentado otro estudio relacionado con el sueño en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias, celebrada en San Diego (Estados Unidos). En éste se defiende la práctica de la vieja y sana costumbre de dormir la siesta. Y es que sus autores sumar evidencia científica a los beneficios de este sueño corto tras comprobar que no sólo ‘refresca’ la memoria, sino que, además, eleva la capacidad cerebral para aprender.
Matthew Walker, de la Universidad de California, es el autor principal del trabajo, en el que han participado 39 jóvenes sanos. Todos fueron divididos en dos grupos. Mientras que uno de ellos durmió una siesta de 90 minutos a las 14:00 horas, el otro no dio ninguna cabezada. Cuatro horas más tarde, los científicos pidieron a todos ellos que realizaran una serie de ejercicios de aprendizaje. Los datos revelan que aquéllos que sestearon obtuvieron mejores puntuaciones en los ejercicios que los que no.





