Es tiempo de celebraciones, no en vano, algunos estudios indican que el consumo de alcohol se triplica durante las fiestas navideñas, lo que incrementa también el número de intoxicaciones etílicas en un 20 por ciento.
La resaca también es una ‘fiel compañera’ de las noches de exceso alcohólico, y con ella surgen multitud de formas de prevenir, curar y ‘consejos’ sin base científica contra el malestar provocado por el exceso de alcohol.
Desde tomar un plato de pasta antes de dormir hasta comer ojos de oveja en vinagre, los remedios son incontables, pero los médicos lo único que recomiendan para combatir la resaca es no beber. Algunos de los trucos más populares, sin base científica, pasan por tomar antiinflamatorios (ibuprofeno, aspirina); comer antes de acostarse, que sólo retrasa la absorción del alcohol en el estómago y, por tanto, prolonga el malestar; o beber un café, que ni mejora la embriaguez ni evita la resaca.
Aunque teniendo en cuenta estos datos no sabemos si este consejo caerá ‘en saco roto’: según los datos de la Federación Española de Bebidas Espirituosas, cada año se consumen en nuestro país 62 millones de litros de destilados (1,4 litros por habitante). Si sumáramos a éste el dato del resto de alcoholes (vino, sidra, etc.), la cifra rebasaría los 100 litros per cápita ¬–sólo en 2008 el consumo medio de cerveza se situó en 52 litros de cerveza por español-.
Cuando una persona ingiere alcohol, el estómago absorbe un 20 por ciento y el intestino delgado el resto. Una vez en la sangre, una mínima parte se elimina sin sufrir alteraciones a través de la orina y de los pulmones y el resto se metaboliza en el hígado, gracias a una enzima llamada alcohol deshidrogenasa. Pero la capacidad de este órgano para degradar el etanol es limitada y siempre la misma, independientemente de lo que bebamos. Así, el alcohol que no se degrada sigue circulando en la sangre. Dado que el cuerpo sólo puede metabolizar una pequeña cantidad a la hora, es fácil que el volumen ingerido la supere, produciéndose los signos típicos de una intoxicación.
La mayor parte del alcohol –alrededor del 90%– se transforma en acetaldehído, una sustancia altamente tóxica que es degradada a su vez en acetato. Aquí reside la clave de por qué las mujeres se emborrachan antes que los hombres, y es que tienen menor cantidad en el estómago de la enzima que destruye el alcohol y pasa más volumen de etanol a su sangre. La distribución del agua y de la grasa corporal también favorece la embriaguez femenina.
Tanto el etanol como el acetaldehído son responsables de los síntomas de la melopea y del malestar posterior. Sus efectos incluyen vasodilatación, que explica el aumento de la temperatura cutánea y el enrojecimiento de la piel de la cara, incremento de la frecuencia cardiaca y respiratoria, sequedad de la mucosa bucal, náuseas, dolor de cabeza… Al día siguiente aparecen, además, otros síntomas, como hipersensibilidad a la luz y al sonido, fatiga, falta de apetito, problemas de concentración, cansancio, etc.
Hay algunas variables que pueden empeorar los síntomas a la mañana siguiente: beber con el estómago vacío, aumentar la actividad física y estar deshidratado. De hecho, el dolor de cabeza y otros signos, como los calambres musculares, se deben a la falta de agua en el organismo.

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